martedì 24 luglio 2012

Sirena del Sexo


No sé quién es ni sé bien donde vive, pero diría en el piso de enfrente, arriba. Mi vecina.

Cuántas veces me la habré cruzado por la calle, saliendo ella de su portal y entrando yo al mío, volviendo a casa cargada de bolsos del super, cuantas veces la habré mirado pasar, indiferente, sin saber yo que era ella. Mi vecina.
Mi vecina que es uno de mis ídolos. Mi vecina que no tiene un rostro.
Conozco solo su voz, o mejor dicho sus gemidos de placer.

Mi vecina aulla cual loba gris de las tundras de Alaska cuando hace el amor.

Empieza despacio, suave, dulce. Más bien como un niño lloriqueando, como un gatito recién nacido. De a poco la intensidad crece, su voz se hace más profunda, el ritmo de sus suspiros más rápido. Hasta reventar en un grito de placer animal, que se queda suspendido en el vacío de la noche por unos segundos, antes de placarse, y dejarse caer a la calma. A la paz. (Que dura unos pocos minutos nomás).

Yo sufro de insomnio.

Sufro de insomnio porque mi cabeza enferma me domina y no me deja descansar. Sufro de insomnio en las cuatro temporadas del año. En verano también, y en verano sufro de insomnio y además tengo las ventanas abiertas.

Entonces es cuando escucho la voz de mi vecina que hace el amor. Su voz llega a buscarme como el canto de una sirena, y yo al otro lado de la calle, en mi barquito solitario amarrada a la noche húmeda, que no puedo dormir y me imagino lo fuerte que podría llegar a ser si tuviera los ovarios de asomarme y preguntarle “Oye, ¿puedo ir yo también?”

Me gusta mi vecina, me cae bien. En una callejita del Bronx (ejem, Born) en la que lo más normal es tener que soportar a una familia de catetos que le dan a la trompeta de estadio cada vez que el Barça juega un partido, aunque sea amistoso, o a post-adolescentes franceses de vacaciones que se montan raves locas en un piso de 25 metros cuadrados, la voz de una mujer que goza del sexo sin vergüenza ni miedo me parece un milagro, un homenaje a la vida de lo más alegre que se pueda escuchar.

Anoche, durante la performance sexual número dos escuché como mi vecina y su muda pareja (nunca se le oye a él. ¿A él? ¿A ella? ¿Habrá alguien más o estamos asistiendo a un caso de autoerotismo muy bien logrado?) salieron a la ventana. Imposible describir lo que me costó quedarme inmóvil y no salir a mi vez, para ver por fin la cara y el cuerpo que tanta admiración me suscita. Pero defendí su privacidad (si es que a una pareja que se asoma a follar por la ventana le importa algo de la privacidad) y me quedé ahí donde estaba. Pensando.

Pensando en que muy raramente coincido con mi vecina en mis encuentros sexuales. Qué pena, porque - es verdad, yo no soy tan, digamos, expresiva en manifestar mi placer, pero me haría gracia instaurar una competición una vez, a ver a quién grita más. A ver si logramos despertar a todo el barrio. Al final nos asomaríamos las dos por nuestras respectivas ventanas y nos chocaríamos un cinco, como hacían los tíos guays en las series televisivas yankees de los años ochenta.

Y a la vez que yo pensaba en esto y me reía al imaginarlo, oí desde diferentes puntos de la calle dos o tres voces de mujeres rabiando, sssshhhh, cállate ya, joder, ¡muerde la almohada!, y me las figuré, mujeres frustradas, agrias, secas, aburridas, sin sentido del humor, mujeres malfolladas (y se me escapó una sonrisa en fijarme que una de aquellas voces llegaba del piso de los vecinos de la trompeta de estadio) mujeres llenas de envidia, que duermen en bata y sin depilar, mientras sus maridos se giran del otro lado de la cama para disimular la erección que la voz de la sirena gozadora les ha provocado.

Y entre medio de estas voces repelentes, yo también me giré del otro lado de la cama y solté mi mensaje secreto y callado para mi vecina: AUPA sirena del sexo, adelante: ¡disfruta! ¡Qué la vida son dos días!

1 commento:

Carles Soler ha detto...

Una auténtica ninfa marina en el corazón del Born y una radiante joven que como Ulises disfruta sin miedo ni rencor de su canto.

PS. tras el asilvestrado bramido de placer animal, ese que permanece suspendido en el vacío de la noche, yo ofrecería, a la sirena y a sus colaborador@/s, un sonoro y sincero aplauso. Gracias por el relato Pao!.

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